”Los intrusos” (The Uninvited) Lewis Allen, 1944

THE UNINVITED, from left, Alan Napier, Ray Milland, Gail Russell, Ruth Hussey, 1944

THE UNINVITED, from left, Alan Napier, Ray Milland, Gail Russell, Ruth Hussey, 1944.

Un productor debe hacer una película aterradora de bajo presupuesto titulada “La maldición de los hombres pantera”. En una reunión con su director, se da cuenta que los disfraces de los monstruos son absolutamente ridículos, pues no resultan mínimamente creíbles. Entre los dos urden un truco que les sacará del apuro: el público jamás verá a los “hombres pantera”. En lugar de ello mostrarán una sombra, la cara aterrada de una mujer gritando, una cortinas desgarradas por unas garras feroces… El resultado es todo un éxito de público, hasta tal punto que deberán hacer una secuela.

Como cualquier amante del cine clásico sabrá, esta secuencia pertenecía a la excelente “Cautivos del mal”, y era todo un homenaje a las cintas clásicas de terror de Val Lewton, películas hechas con cuatro duros, que conseguían inquietar al espectador con trucos sencillos y eficaces, pues el miedo proviene muchas veces de las cosas más simples: un susurro casi imperceptible, una vela que se apaga, pasos que resuenan al final de un oscuro pasillo… El buen cine de terror sugiere más que muestra, insinúa más que enseña.

Un excelente ejemplo de todo ello es “Los intrusos” (“The uninvited”, Lewis Allen, 1944), una de las primeras películas de género fantasmal que fue financiada por un gran estudio. Paramount acertó al apostar por esta historia gótica e inquietante. Adaptación de una novela titulada “Uneasy Freehold”, cuenta una historia que hoy se podría considerar típica, casi inofensiva, pero que contiene momentos de gran cine. El debutante Allen se apoya en un competente guion, obra de Dodie Smith y Frank Partos, que sale de los claustrofóbicos muros de la mansión Winwood, escenario único del drama en la novela de Dorothy Macardle, para hacernos pasear por las luminosas calles de Devonshire, e introducir toques de un humor ligero y desenfadado, algo bastante inusual en una producción de este género.

Pamela y Roderick (Ruth Hussey y Ray Milland), dos hermanos londinenses de vacaciones en la campiña inglesa, se topan con una hermosa casa abandonada en los riscos de Devonshire.  El lugar, aunque abandonado, conserva intacta parte de su antigua y misteriosa belleza, y ambos se enamoran del lugar, hasta tal punto que averiguan quién es su propietario y se lanzan en su búsqueda a comprar el inmueble. El dueño (el siempre eficaz Donald Crisp), un noble anciano de modos hoscos y algo enigmático, accede a vender su antiguo hogar, no sin antes advertirles que no devolverá el dinero por mucho que se lo imploren. Entonces aparece en escena su nieta (Gail Russell), la sombría Stella, una joven que vive de los recuerdos, añorando a su madre, fallecida cuando ella sólo era una niña, en la casa que su abuelo acaba de vender a unos extraños. Todos se verán envueltos en una intriga sobrenatural que hará peligrar la vida de uno de ellos y les hará cuestionarse sus más profundas convicciones.

Apariciones fantasmales, posesiones, visitas de ultratumba, animales asustadizos, gritos en la noche, pasos invisibles, puertas que se cierran solas, todo ello conforma el cóctel sobrenatural que da forma a esta interesante película clásica.

Lo más curioso es que los dos hermanos protagonistas son una pareja bastante atípica en este tipo de producciones, pues, en lugar de espantarse y escapar de los peligros, los afrontan con brío y espíritu aventurero, deductivo y lógico, lo que en mi opinión, es un aspecto muy original poco visto en este tipo de historias sombrías. Tal vez sea una actitud más realista que la que tienen los intérpretes de otros dramas aterradores, que huyen despavoridos ante la más mínima sospecha fantasmal.

Los actores están perfectos en sus papeles. Tal vez el único que desentona un poco es Ray Milland, un actor de indudable talento, que aquí parece no tomarse muy en serio sus desventuras fantasmales, aunque sospecho que su personaje fue concebido como un aventurero simpático, puede que para aligerar un poco el tono de la historia, de ahí el tono desenfadado con el que casi siempre le vemos actuar. Pensemos que entonces el público no estaba muy acostumbrado a pasar miedo, con lo que es casi comprensible que Paramount quisiera introducir elementos que aligeraran un poco una trama plagada de momentos inquietantes.

Tanto Ruth Hussey, como la desventurada Gail Russell hacen un estupendo trabajo. Mención destacada merece el gran Donald Crisp, uno de esos secundarios imprescindibles que tantos momentos de gloria han dado al cine clásico norteamericano, un tipo capaz de salir airoso de cualquier papel que se le encomendara.

El terror de “Los intrusos” es elegante y sutil, alejado de truculentos efectismos. Sugiere más que muestra, como debe hacer una buena historia fantasmal. Allen compone los planos del filme con elegancia y estilo, apoyándose en la sensacional fotografía en blanco y negro de Charles Lang, que fue justamente nominado al Oscar por esta película, para crear tensión, intriga y suspense, sin que nunca decaiga el interés del espectador. Mérito suyo es hacernos sentir de veras el escalofrío invisible que provocan unos gritos desesperados que resuenan en la casa de madrugada, que nos inquiete el titilar de la débil llama de las velas, que nos sobresalte una fugaz sombra que pasa por delante de una desvencijada puerta…

Hoy en día puede parecer un título naíf, casi inofensivo, pero su calidad y su más que correcta factura formal son innegables. Directores como Guillermo del Toro citan “Los intrusos” como referencia ineludible y clave del cine fantasmal. 

Tal vez a los cinéfilos del siglo XXI la mansión Winwood no nos ponga los pelos de punta, pues estamos curados de espantos, pero hay en su misterioso interior algo mágico, extraño, atrayente, porque al ser humano siempre le atraerán las historias oscuras y misteriosas con un toque sobrenatural.  

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Por Joaquín Vergara.

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